Microcuentos: Clásico y moderno.

Agustina Mena Grande.

Comisión 05, profesor Santiago Castellano.

Escribir dos microcuentos, uno clásico y otro moderno. 

Modalidad individual.

Primera escritura.

Microcuentos: Clásico y moderno. 


Moderno

10 AM.

Miré el reloj de la mesa de luz, que aunque no tuviera pilas, igual marcaba la hora. 10 AM. Me levante sin pensar demasiado. Cansada, como siempre.

Fui hasta la cocina y me encontré con una taza que no recuerdo haberla dejado la noche anterior. Tenía té y estaba caliente.

Mire por la ventana con mi taza en mano, el día estaba nublado. “Tampoco es que fuese novedad”, pensé. A este pueblo le queda bien así, como si estuviera estancado en el tiempo. 


Después, salí a caminar. Paseando por el parque me encuentro, a lo lejos, a Gustavo. Estaba sentado, cabizbajo, con su mate y su termo de toda la vida, en el mismo banco de todos los días. Pensé en saludarlo y sacarle charla, pero sería inútil, él nunca me escucha. Antes creí que era porque no sabía quién era yo. Que me ignoraba, o que simplemente nunca le caí bien. Ahora ya no sé qué pensar. 

 

Gustavo no levantó la vista. Me acerqué igual. 

“Hola Gustavo” dije, con un mínimo de esperanza. Pero nada. Me quedé ahí esperando a su lado, en el banco. Él miraba el mate humeante, como si estuviera pensando algo o recordando. Por un segundo, mueve apenas la cabeza. Como si hubiera oído algo. “Siempre igual”, murmura. O eso creo. 


Parpadeo y me encuentro caminando nuevamente hacia casa. No me había dado cuenta de que me había ido del parque. Llego a mi departamento y lo primero que veo es la taza de té en la mesa. Todavía sigue caliente. Y el reloj, que siempre marca la misma hora. 10 AM. 


Clásico


La nota.


Tomás y yo somos compañeros de cuarto hace más de 3 años. Pero, antes de eso, ya éramos amigos de toda la vida. Compartimos absolutamente todo. Muy rara vez nos peleamos y, cuando pasa, es por alguna pavada. Hace una semana que no sé nada de él. Lo último que me dejó fue una nota en la heladera. “Fui a visitar a mi abuela. En una semana vuelvo. – Tomás.” Ya debería haber vuelto. Tal vez se olvidó de avisarme que se quedaba más días. Pensé en escribirle pero no me respondió. Tampoco atendió las llamadas. “Qué raro,” pensé, “no tendrá señal”. En el cuarto todo estaba como él lo había dejado. Su campera sobre la silla de su escritorio, las zapatillas al costado de la puerta. Más tarde me junté con Juana y Valentino, que eran de nuestro círculo cercano. Salimos a merendar, a tomar unos mates a la plaza que quedaba cerca de nuestro departamento. En un momento de la conversación me desconecté. Me quedé mirando, a lo lejos, a un chico con pelo castaño y enrulado jugando a la pelota. Estaba de espaldas y por un momento pensé que podría ser Tomás. Hasta que se dió vuelta y claramente no era él. “¿Pablo me estás escuchando?” dijo Juana un poco fastidiada. “ No, perdón es que creí que el chico que estaba allá,” señalé, “era Tomás. Es muy parecido de espaldas.” Los dos me miraron con un dejo de confusión. Luego pasó a ser una mirada triste. No entendía por qué me estaban mirando de tal manera. Como si les diera pena. “¿Por qué me miran así?”, pregunté. “Estoy preocupado por Tomás, hace una semana que no sé nada de él. Lo llamo, no contesta. Le mandé un mensaje y tampoco le llegó.” “Pablo, vos sabes que Tomás murió en un accidente yendo a lo de su abuela.” dijo Valentino, despacio. “Hace 6 meses.” Juana bajó la mirada y, con voz triste, dijo; “Ya hablamos de esto varias veces Pablo.” Me quedé helado. Recordé que la nota de la heladera, en la parte de abajo, estaba levemente doblada. Cuando llegué a casa la desplegué y había algo escrito con mi letra. No recordaba haberlo hecho yo. Ahora la nota parecía más antigua, como desgastada. Decía: “Fui a visitar a mi abuela. En una semana vuelvo. – Tomás. Tomás no va a volver, Pablo.” Me senté en el piso de la cocina con la nota en la mano. Supongo que una parte de mí ya lo sabía. Solo que todavía no pude aceptarlo.




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