Microcuentos sobre sueños.

 Agustina Mena Grande.

Comisión 05, profesor Santiago Castellano.

1) Imagen potente o significativa del sueño, contar un microcuento que desarrolle la misma, desde un narrador interno o en primera persona.

2) un objeto que aparezca en el sueño y escribir otro microcuento en el que ese objeto haya desaparecido o desaparezca misteriosamente.

3) Buscar qué sensación le produce el sueño y escribir un microcuento en el que el personaje protagonista entre en un lugar nuevo y experimente esa misma sensación a partir de lo que ve.

Modalidad individual.

Primera escritura.

Microcuentos sobre sueños.


1. El extraño.

Desde aquel 17 de abril del 2008 nada volvió a ser lo mismo. Las calles ya no estaban inundadas de personas felices. Ahora todo era tenso, raro y atípico. Bueno, en realidad, desde esa fecha que nada es normal. O eso sigo creyendo yo. 

Todos actúan como si nada. Y yo todavía no puedo entender como llegaron a tal grado que naturalizamos esto. No tiene ni el más mínimo sentido. Salir a la calle me supone un estado de incomodidad absoluta. No, no me sale fingir que ellos son ahora parte de nosotros, que están en nuestra sociedad como personas comunes y corrientes. 

Cada mañana bajo la mirada para evitar cruzarme con ellos. Pero me es imposible no notar ese único ojo inmenso en medio de sus caras, clavándose en mí desde todas direcciones. En el colectivo, en el supermercado, en los bares. Parpadean lento, sincronizados, como si compartieran el mismo pensamiento.

A veces intento recordar cuando apareció el segundo ojo por última vez. Nadie más parece hacerlo. Empiezo a pensar que el problema no son ellos. Tal vez el extraño soy yo. 


2. La esquina.

Estaba siempre estacionado en la misma esquina. Nunca vi alguna persona acercarse hacia él y menos usarlo. Pero siempre que pasaba por su lado, sentía que alguien estaba en el asiento del conductor. Las ventanas siempre estaban cerradas. Y, aún así, no se veía a nadie. 

Un día decidí acercarme a verlo más detalladamente. No había nadie. O eso creí. Por dentro, se podía distinguir el asiento del conductor levemente hundido. Como si una presencia estuviese ahí en ese momento. Di un paso hacia atrás, con el corazón saliéndose de mi pecho. 

Al día siguiente, el auto ya no estaba. Su ausencia me resultó más extraña que su presencia. Esa noche, cuando pase por la esquina, escuché la puerta de un auto cerrándose a mis espaldas. Pero cuando me doy la vuelta, no había absolutamente nada.

3. Las rejas.


Los rayos del sol hacen que mi vista se nuble. El viento, frío y sin piedad, me atraviesa hasta los huesos. Camino despacio. Todavía me cuesta creer que estoy afuera.


Decidí dar una vuelta por mi viejo barrio. Hace años que no pasaba por acá. Apenas salgo, la casa de Jacinta, la abuela de un amigo que tuve en primaria y que solíamos pasar las tardes ahí, en su patio, jugando a la pelota. Sonrío inmediatamente por el recuerdo. En esa época la vida parecía simple solo jugar, comer y dormir. Nada más.


Sigo mi recorrido. Prefiero no estancarme en el recuerdo, me prometí que ya no. Que eso hacía que vaya a lugares oscuros por más felices que sean. 


Llego a la esquina y me detengo. Hay un edificio nuevo. Alto, gris, silencioso. Decido acercarme. Todo el edificio parece estar hecho de reja, las ventanas, los balcones, incluso la entrada. Siento un vacío en el pecho. El metal brilla bajo el sol y, por un instante, vuelvo a escuchar llaves chocando, puertas cerrándose, pasos resonando en un pasillo interminable. Es ahí cuando retrocedo. No, no puede ser. Miro alrededor buscando algo familiar, pero las calles empiezan a verse distintas, más angostas, más frías. Me falta el aire. 


Tal vez nunca salí de ahí. 



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